Gestión en Atención Primaria

Antonio García Quintáns*

SOCIEDAD ESPAÑOLA DE DIRECTIVOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

Responsabilidad del paciente en su propia asistencia

El nivel de gestión y, en mayor medida, el nivel político deberían hacer consciente al paciente de su responsabilidad y trabajar para trasladársela lo quiera o no.

Aunque los postulados clásicos de la reforma de la Atención Primaria no dejan lugar a dudas sobre la necesaria implicación del paciente en el adecuado control de sus patologías, es evidente que, tanto clínicos como gestores, perciben un déficit en la práctica de esta responsabilidad.

Las conocidas, y repetidas hasta la saciedad, actividades de educación para la salud, promoción y
prevención, tienen realmente una baja penetrancia entre los usuarios. Falta de tiempo y dificultad organizativa para el clínico, difícil control y supervisión para el gestor, impopularidad para el político e incomodidad para el paciente, son los cuatro puntos cardinales que complican enormemente una orientación exitosa del problema.

Y no deja de estar clara la importancia del indispensable liderazgo del paciente en el control de su
patología. La evidencia clínica es masiva, la lógica aplastante, pero el entorno social en el que nos movemos ha creado generaciones de pacientes que trasladan la responsabilidad de su patología, en el mismo momento del diagnóstico, al clínico y al sistema sanitario.

La salud en el siglo XX A principios del siglo pasado la higiene marcó un hito en la mejora global de las condiciones y de la esperanza de vida. A mediados del mismo siglo, las vacunaciones y el control de enfermedades infecciosas marcaron el segundo impulso en este sentido. Bastante antes de finales del siglo XX, sin necesidad de conocer los resultados del famoso estudio llevado a cabo en Framingham, ya estaba clara la necesidad del autocuidado y de la adopción de hábitos de vida saludables como paso para el siguiente salto en el crecimiento de la calidad y esperanza de vida.

Sin embargo, el salto no se ha producido, los obesos con claro perjuicio para su salud no adelgazan,
los hipertensos no caminan o reducen el consumo de sal, los pacientes con trastornos del metabolismo
de los lípidos están lejos de realizar un esfuerzo continuado en cuanto a hábitos alimentarios. Los resultados en cuanto a hábito tabáquico y consumo de alcohol son decepcionantes, siempre hablando
de ello de forma global. Y de la práctica continuada de ejercicio y del deporte mejor no hablar.

En realidad, seguramente nos sentiríamos desalentados si conociéramos el porcentaje de pacientes que beben “al menos un litro y medio de agua diariamente”.

No hemos sabido, hasta el momento, trasladar al paciente la importancia de su función en la patología
que sufre. Y no se trata de una importancia menor, probablemente la disminución de peso de un obeso
con artrosis de rodilla sea la mejor medida terapéutica a corto-medio plazo que pueda aplicarse, la dieta
es la base de un control adecuado de la diabetes, la baja ingestión de lípidos no aconsejables es la medida más importante del control de las hiperlipidemias y, en cuanto a los demostrados efectos tóxicos del abuso del alcohol y el papel como generador de patología del tabaco, poco hay que decir. ¿De dónde si no nace la explicación a unos niveles realmente preocupantes de incumplimiento de la medicación por parte del paciente? Hasta tomar una pastilla se convierte en una responsabilidad que no le hemos logrado trasladar y en la que trabajamos para que sólo tenga que asumirla una vez a la semana o una vez al mes.

Frente a esto, nos esforzamos por aplicar medidas “secundarias”, basadas fundamentalmente en medicar al paciente, y entramos en el juego de, a cambio de no provocar en el paciente incomodidad, asumir los altibajos en el control de las patologías in

18 MEDICAL ECONOMICS | Edición Española | 7 de diciembre de 2007 www.medecoes.com


Sección patrocinada por:

tentando ajustar dosis y pautas medicamentosas,
cambiando fármacos y prometiendo que pronto llegarán los milagros “multipíldora”.

Me contaba un compañero que, cuando entregó a
la cuidadora de un paciente anciano las nuevas recetas impresas en ordenador y de tamaño folio que constituían un pequeño legajo, la cuidadora le dijo “Ah,
estas son las nuevas recetas, qué grandes… ¿no dan
ustedes carpetas para llevarlas?

La anécdota ilustra la reflexión de este texto. Hemos acostumbrado al paciente a resolverle todo creando personas que esperan de nosotros una pastilla que
resuelva su problema y no molestias para curarse. Hemos asumido que el responsable de la patología es el
sistema de salud y, como representante, el profesional y, que si el paciente no mejora, se trata de un fracaso profesional.

La gestión y las estrategias políticas no han ayudado, se ofrece más día a día en una carrera incrementalista en cuanto a prestaciones que el paciente entiende como garantías de éxito, cuando en realidad,
como mucho, podremos aspirar a retrasar la aparición de una patología y las

por otros países, al poner trabas al gasto sanitario en
el cuidado de pacientes obesos o fumadores, es conocido el ejemplo inglés, son discutibles socialmente por su más que difícil valoración de cara a ser ecuánimes y también impopulares, lo que, en nuestro país,
los convierte en improbables como decisión política.

El éxito de la tarea de la que estamos hablando parece lejano. Convencer a los pacientes de que hacer
análisis no baja el colesterol, ni tomarse la tensión
constantemente la mejora, no debería de ser complicado con políticas de gestión de la educación sanitaria del paciente que fueran adecuadamente planificadas y ejecutadas de una manera suave que no “asustara” a la población, pero sí constante y común para
todos los profesionales.

No parece probable que el profesional a nivel individual pueda trasladar al paciente la necesidad de su
implicación de manera masiva. El nivel de gestión y,
en mayor medida, el nivel político deberían hacer
consciente al paciente de su responsabilidad y trabajar para trasladársela lo quiera o no. Las empresas de
seguros privados llevan años haciéndolo basándose en estadísticas y con el archivo complicaciones secunda-gumento, fundamental en

rias a la misma durante un tiempo hasta que vuelva a llegar el momento en que asumamos que, como el
paciente sigue sin colaborar y la enfermedad no va bien, el sistema no cumple con su función de curarle.

No parece probable que el profesional a nivel individual pueda trasladar al paciente la necesidad de su implicación de manera masiva su entorno, del beneficio económico. Los sistemas de salud deben hacerlo
basándose en el beneficio para el paciente, y si no directamente para el que decide transgredir lo correc-

Es cierto que algún logro existe, sin ser para hacer celebraciones, el ejemplo del autocuidado de los pacientes diabéticos refleja una mayor preocupación por su enfermedad y un mejor seguimiento general
de las recomendaciones referentes a su patología. Quiero pensar que debido a haber sido una enfermedad crónica objetivo de la Atención Primaria y que ha recibido esfuerzos profesionales en cuanto a educación sanitaria del paciente.

También se de la paradoja de haber caminado en el sentido de la implicación del paciente en asumir decisiones en procesos complejos, casi siempre agudos. El usuario “decide” si quiere o no que le operen cuando apenas entiende su patología y tras habérsele realizado la indicación por parte de un especialista. ¿Está decidiendo como responsable o cometiendo un error al pretender valorar una indicación realizada por un experto? Seguramente esta “decisión”es un mero trámite informativo de consentimiento si el paciente es de verdad responsable. Las líneas iniciadas to en materia de salud, sí para los que dejan de beneficiarse por su posible insolidaridad. ¿Cuál es si no la razón para sancionar a los ocupantes de un vehículo que no llevan puesto el cinturón de seguridad? Entran en un riesgo estadísticamente comprobado, al igual que un paciente que tiene un consumo abusivo del alcohol.

Es un área de trabajo que los Servicios de Salud, a nivel general, no han planificado con suficiente rigor y siendo lo necesariamente estrictos con el paciente, por supuesto sin estar sugiriendo desde estas líneas el establecimiento de sanciones, si no una apuesta decidida para concienciar al paciente. No sobraría, por cierto, incluir en dicha concienciación el uso/abuso de los recursos sanitarios a disposición directa de la población.

Toda la ciencia médica respalda con clara evidencia que sería un beneficio enorme para el paciente
y eso debería por sí solo justificarlo.

*Presidente Fundación SEDAP para el desarrollo directivo.

www.medecoes.com MEDICAL ECONOMICS | Edición Española | 7 de diciembre de 2007 19